Autor: Abraham Ucán López
Hace aproximadamente 4 años, cuando era un médico interno, estaba en el servicio de pediatría y me pidieron calcular los líquidos de un paciente. Una hora después el médico a cargo del servicio preguntó quién había hecho el cálculo de los líquidos, a lo cual respondí que yo lo había hecho. El médico no estaba de acuerdo con el cálculo y de manera poco agradable señaló lo mal que lo había hecho. En ese momento el oncólogo pediatra, quien fue mi maestro en la facultad, entró al servicio y escuchó lo que el otro médico decía e inmediatamente intervino, diciendo: “conozco a Abraham y sé que sabe calcular los líquidos, porque yo le enseñé”. La discusión terminó ahí, el otro médico se fue a su oficina y yo me quedé con mi maestro quien había intercedido por mí. Mi maestro intercedió por mí y me libró del regaño del otro médico.
La historia de Dios con su pueblo no es tan diferente en este aspecto. El pueblo de Israel tuvo en Moisés, de manera inicial, un intercesor. Él era el único que intercedía entre Dios y el pueblo. Posteriormente Dios instauró a los sacerdotes, descendientes de Aarón, para que fungieran como intercesores por el pueblo a través de sacrificios para el perdón de pecados, especialmente el sumo sacerdote (Levítico 16). Sin embargo, los sacerdotes solo eran una imagen de algo mucho mejor, eran únicamente la sombra del verdadero sumo sacerdote, ese es Cristo. (Hebreos 7:22-28)
La diferencia entre todos los otros sacerdotes y Cristo.
Es cierto que Cristo es Dios y eso ya es una gran diferencia, sin embargo, aquí es donde quiero hacer referencia en cuanto a la primera historia que te conté. Mi maestro me conocía e intercedió por mi, pero Cristo no solo me conoce, Él me entiende. Esto es maravilloso porque Cristo puede interceder por nosotros diciendo: “Yo lo conozco”, pero también podemos escuchar con una voz amable y apacible decir: “Yo te entiendo”.
Cristo nos conoce mejor que nadie.
Jesús nos conoce desde antes de la fundación del mundo y nos eligió para ser formados a Su imagen. El apóstol Pablo lo expresa así: Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). Nos escogió por gracia, sabiendo aún lo malo y lo pecaminoso que éramos. Decidió por su libre voluntad escogernos para salvación (Efesios 1:4). Ahora que hemos sido salvos por gracia, estamos siendo transformados de gloria en gloria para ser como Cristo (2 Corintios 3:18).
Cristo nos entiende.
Jesús sabe lo que es ser tentado, lo que es perder a alguien, lo que es la tristeza y el dolor. No solo lo sabe y nos conoce, nos entiende. Es por eso que es un mejor sumo sacerdote. Es posible que los sacerdotes no conocieran a todo el pueblo y mucho menos que entendieran las circunstancias por las cuales atravesaba cada uno de ellos. Pero Cristo sí entiende, pues fue tentado en todo pero nunca pecó. Cristo entiende nuestra debilidades (Hebreos 4:14-15).
¿Por qué es importante entender el papel de Cristo como Sacerdote?
Una de la cosas más hermosas del sacerdocio de Cristo, es que Él no solo intercede por nosotros, sino que también se entregó por ti y por mi, y por todos aquellos que lo reciben por fe. Cuando comprendemos que Jesús nos conoce y que nos entiende mejor que nadie, entonces podemos ir delante del trono de Dios de manera confiada, podemos ir ante su trono no solamente para hallar gracia en un momento preciso, sino gracia para el momento futuro. Cristo ciertamente es nuestro sumo sacerdote, nuestra ayuda y provee refugio en momentos de prueba. Descansamos en su sacrificio hecho una vez y para siempre. ¿Así lo crees?

Add Your Comment