Hechos 27:33-44
Autor: Jonathan Dzul Sosa
Luego de sobrevivir a una tormenta, en la que el sol y las estrellas se vieron opacadas por varios días, Pablo se encuentra ante una tripulación sumamente agobiada, con los ánimos disminuidos por la poca esperanza de sobrevivir tras la feroz situación que les había acontecido por varios días. A pesar de todo esto, nos encontramos con la siempre distintiva fe de Pablo, quien había sido anteriormente informado del favor de Dios para con él y cada uno de los que le acompañaba. Durante el décimo cuarto día algunos marineros pensaban estar cerca de tierra firme, sin embargo, surgía el temor de nuevo de ser azotados por las rocas que pronto se podían atravesar en el trayecto, con todo este periodo de desánimo e incógnita algunos de tripulantes querían escapar de la nave, de manera que Pablo insiste en que se queden abordo con él, de lo contrario podrían no sobrevivir. Muchos incluso no podían ni comer por todo lo que estaba sucediendo, por lo que el apóstol Pablo insistió en que todos debían de comer, para mantenerse a salvo. Al final podemos ver que la providencia de Dios siempre se mantuvo fiel, y nadie pereció.
Estimados hermanos, nunca la palabra del Señor nos deja sin algo que aprender, y al examinar estos pasajes, podemos darnos cuenta de que la misericordia de Dios siempre es constante, no queriendo decir que esto signifique ausencia de problemas, sino una victoria cimentada en Cristo. Pues Pablo mismo no fue ausentado de la dificultad en medio de la tempestad con la que fue azotado en el mar, sino fue protegido por el mismo creador de la tormenta para demostrar la belleza del amor de Dios para con él. De igual manera podemos notar algo importante, si sabemos que nuestras victorias tienen como propósito mismo glorificar a Dios, tenemos que entender que es nuestra responsabilidad hacer ver esa gloria a los que nos rodean, pues así como Pablo no procuró únicamente su bienestar en nuestros días tenemos el deber de insistir en la salvación a aquellos quienes nos rodean, puesto que aunque las personas pueden no percibir una tormenta en sus miradas, el lugar a donde se dirigen sin Cristo es mucho peor.
Seamos en medio de la tormenta pacificadores y portadores de salvación, pues sabemos que toda tribulación es para glorificar a nuestro Señor y salvador, y no permitamos que aquellos que se encuentran perdidos perezcan en las profundidades de una condenación eterna. Que la gracia de Dios y su misericordia eterna sea con cada uno de nosotros hoy y todos los días de nuestra vida, amén.

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