Hechos 20:25-38
Autor: Ana Laura Sansores Aranda
Cada lunes, al salir de casa y despedirme de mi pequeña y de mi esposo, siento una profunda tristeza. Mi preocupación por dejarlos, por los pendientes que se acumulan y por todo lo que me perderé en esos días. Aunque mis viajes ahora son más cortos, el tiempo que se va no es poco, cuando los que amas no están a tu lado. Definitivamente, las despedidas son tristes, aunque sean temporales.
En este pasaje observamos la despedida de Pablo. El versículo 25 es conmovedor y, a mi parecer, también desolador. El apóstol no se despide de forma momentánea sino que, sabiendo lo que le aguardaba, expresa que ninguno de ellos volverá a ver su rostro. Creo que si alguno de mis amigos o familiares me dijera algo así podría quedarme sumergida en sentimientos de desesperanza, melancolía, frustración, tristeza y un largo etcétera.
Viendo la reacción de Pablo podemos aprender a afrontar este tipo de circunstancias con una perspectiva modelada a la luz de lo eterno. Meditemos en lo siguiente: primero, Pablo no se concentra en su sufrimiento, sino que muestra una preocupación genuina por sus hermanos. Muchas veces la tristeza es un fruto de nuestro egoísmo o de nuestro desacuerdo hacia la perfecta voluntad de Dios, debemos ser cuidadosos para que el centro de nuestras vidas sea Cristo y no nosotros mismos.
Segundo, Pablo no busca que todo gire en torno a él. Él no busca que las personas reconozcan su buen desempeño y lo mucho que hizo, no resalta sus logros como méritos personales, sino que dirige la mirada de las personas a Cristo, recordándoles que en Dios y su palabra es donde reside el poder.
Tercero, Pablo no endulza el momento con bonitos y melancólicos recuerdos, sino que utiliza los eventos pasados para animar y exhortar a sus hermanos a estar firmes en las enseñanzas de Cristo y advertirles que la oposición vendrá, que incluso de entre ellos se levantarían personas hablando cosas perversas, sin embargo, no se ve como alguien desesperanzado por lo que se avecina sino, como alguien que confía en el Dios poderoso en el que cree.
Cuarto, Pablo también ora y llora con ellos, mostrándonos que los sentimientos son reales y tienen un lugar. Aunque no es correcto dejarlos desbordarse de tal forma que controlen nuestra respuesta a la situación, tampoco debemos ser cínicos e ignorarlos. El dolor y la tristeza son parte de nuestra vida. Muchas veces pareciera que como cristianos no se nos permite llorar o expresar algún sentimiento porque es equivalente a dudar o desconfiar pero, viendo el ejemplo de Jesús en el momento más terrible de su vida, justo antes de morir clama al padre, expresando su angustia y dolor, entregándose a la voluntad soberana de Dios aun en medio de su situación.
La pregunta que debemos contestar al final es: ¿Cómo fue Pablo capaz de reaccionar de esta manera? El amor a Cristo, el conocimiento de Dios, el amor a Su nombre y a Su gloria más que a la propia, fueron lo que le permitió a Pablo dar este testimonio, aún en un momento de profunda tristeza. Cristo capacitó a Pablo, transformó su corazón y lo dotó de su Espíritu para atravesar el sufrimiento con esperanza y paz, pues la vida eterna estaba ya ganada para él en la cruz. Esta certeza es real para nosotros también, quienes hemos creído en Cristo como Señor y Salvador. La tristeza y el dolor, aunque también reales son pasajeros, así que pongamos nuestros ojos en Cristo y gocemos de la vida eterna que ha iniciado ya en esta tierra, pero que será sin lágrimas y perfecta cuando Él vuelva.

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