C. 26 No. 358 x 43 y 45 Fracc. Monte Albán

El Creyente ante la corrupción y la injusticia.

Hechos 25: 13-27.

Antonio Pool Cab.

Hace unos días un hombre fue muerto por la policía de Minneapolis en la vía pública durante un arresto sin un motivo muy claro. Esto ha desatado una ola de protestas en todo Estados Unidos.

Casos como este hay muchos. Es frecuente que personas sean condenadas por delitos que no cometieron. En ocasiones llevándole hasta a la propia muerte.

En el caso de Pablo, (Hechos 25, 26) había estado preso por dos años, sin un juicio, sin pruebas, sin un careo. Las evidencias eran suficientes como para dejarle en libertad. Pero las autoridades, no quisieron dejarle en libertad, por temor a los propios judíos. 

Esta forma proceder de la autoridad, es a todas luces reprobable.

La Biblia, en numerosas ocasiones llama al creyente a respetar a la autoridad. Jesucristo dijo que debemos someternos a las autoridades, porque estas han sido puestas por Dios. (Juan 19:11).  Pablo exhortó a los romanos de manera similar (Romanos 13:1). Y el Antiguo Testamento nos dice que “Dios pone reyes y quita reyes”…  (Daniel 2:21).

Pero cuando vemos este actuar por parte de quienes se supone que deben ser vigilantes de la justicia y su impartición, surge una pregunta:

¿Cómo puedo someterme a una autoridad ajena a la correcta impartición de Justicia?

 Debemos recordar que:

1. La justicia es un atributo de Dios:

Una manera de entender la justicia es el término: “Rectitud”. Todos los caminos de Dios son rectos, por lo tanto, Dios es justo. Todo lo que viene de Dios es Justo. En esa Justicia Dios demanda el castigo al pecado y por lo tanto Dios no dejará sin castigo al impío. Pero también en esa justicia Dios ha prometido una recompensa para aquellos que confían en la obra de Cristo para perdón de pecados y vida eterna.

Su misericordia y su gracia simplemente obran en respuesta a su propia justicia.

2. La injusticia es producto del pecado. 

Con la caída del hombre, nuestro corazón se corrompió al grado que nuestros caminos se desviaron y ya no son rectos. Nadie puede actuar con total rectitud. Las leyes humanas provienen de corazones igualmente corrompidos, por lo que siempre habrá imperfección en ellas. Por lo tanto, su vigilancia y ejecución tampoco puede ser perfecta.

3. Aunque sean imperfectos, nuestro deber es respetar a las autoridades. Y si el sistema legal nos lo permite, también hacer uso de ello.

Pablo soportó persecución, cárcel, azotes e incluso muerte, todo por causa del evangelio.

Pero también apeló a su ciudadanía romana y a la autoridad superior (al Cesar) cuando el momento fue oportuno.

Como cristianos debemos ser respetuosos de la autoridad y también utilizar las vías legales habidas. Pero sobre todo, debemos orar por nuestras autoridades respetar la ley y estar dispuestos a presentarles el evangelio (como Pablo ante Agripa) porque ellos también necesitan el evangelio de Cristo, tanto como nosotros antes de ser alcanzados por él, y que ahora nos mueve a amar a nuestras autoridades no por merecimiento propio si no por amor a Cristo.

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