C. 26 No. 358 x 43 y 45 Fracc. Monte Albán

Una vida de cambio

Hechos: 10:25-48

Autor: Abimael González Castillo

Si el Dios de la Biblia nunca está en desacuerdo contigo, muy probablemente no estés adorando al Dios verdadero sino a una versión idealizada de ti mismo. Probablemente por ello el cristianismo no es apetecible para la sociedad actual, pues si proclama la verdad universal, entonces será ofensivo y correctivo en muchas creencias personales y culturales.

Como cristianos nuestras creencias más arraigadas (producto de educación familiar, temores y otras experiencias vividas) pueden ser y serán confrontadas por Dios por medio de las Escrituras o de personas que el Espíritu Santo usa. Aunque muchas veces pondremos resistencia, sabemos que, si Dios es quien nos pide cambiar, debemos obedecer. Así que permíteme recordarte tres verdades con respecto al cambio bíblico. 

1. El cambio es un proceso que fue iniciado por Dios (Fil. 1:6). A este proceso se le conoce como “santificación progresiva” y tuvo su origen en la regeneración (Ez. 36:26-28). La santificación es un proceso de cambio contínuo que se extiende a lo largo de toda la vida del creyente. En este proceso es posible que experimentes frustración, derrota y llegues a creer que es imposible; pero recuerda, si has confiado en Cristo como Señor y Salvador entonces Dios ha regenerado tu corazón y te ha introducido a este proceso que tiene como objetivo hacerte más como Cristo (Rom. 8:29-30).

2. Dios opera el cambio por medio de su Espíritu Santo y las Escrituras. Jesús oró al Padre pidiendo que los creyentes sean santificados en la verdad que es la Palabra de Dios (Juan 17:17). Esto significa que todo lo que crees, deseas, piensas y haces debe ser resultado de una profunda meditación, sujeción y atesoramiento de las Escrituras. De forma sencilla: el cambio bíblico implica una participación activa y constante en obediencia a la revelación de Dios. Eso fue lo que Pedro hizo: escuchó a Dios y obedeció; y eso es exactamente lo que tú y yo debemos hacer para cambiar y ser moldeados a la imagen de Cristo.

3. Dios cambia a sus hijos por medio de las relaciones con otros creyentes. Debemos preocuparnos unos por otros con el propósito de estimularnos al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24). Es en el contexto de una comunidad local de creyentes que la Palabra de Dios se vuelve práctica y el cambio se hace evidente. En la comunidad encontrarás hermanos que han pasado por circunstancias similares a la tuya y que el Espíritu Santo usará para animar, exhortar a obediencia y consolar en momentos difíciles. No menosprecies el valor de la comunidad en el cambio que Dios está obrando en ti.

En Cristo hemos sido introducidos a una vida de cambio constante, cualquiera que sea necesario. Dios obró el cambio más profundo en nuestro corazón que era insensible a su palabra por uno que responde en obediencia a ella. Confía en Él.

Señor, muéstrame en qué debo cambiar y lo haré. Muéstrame en qué debo obedecer (aunque sea difícil) y lo haré, no para ganarme tu favor, sino porque ya me has mostrado gracia y amor.

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