C. 26 No. 358 x 43 y 45 Fracc. Monte Albán

Tu mejor vida no es esta

Hechos: 13:26-39

Autor: Abimael González Castillo

Recientemente mi esposa y yo tuvimos a nuestra primera hija. Tener a un pequeño ser humano en mis brazos produjo una inmensa felicidad, y también la convicción de una gran responsabilidad. Sentarnos a platicar sobre la crianza de nuestra pequeña reveló muchas cosas que ignorábamos de nosotros mismos y nuestras creencias sobre la vida, objetivos y metas. ¿Nuestros planes y deseos para ella mostraban que la principal preocupación era su salvación o apuntaban únicamente a una vida cómoda y exitosa en este mundo? 

Una vida arraigada a este mundo

Toda filosofía de crianza secular se basa en criar hijos que sean buenos ciudadanos, emocionalmente equilibrados, y felices en esta vida. La forma de lograr esto ha variado en el transcurso del tiempo; hoy se manifiesta con las siguientes ideas: “disfrutarse a uno mismo”, “ir por las cosas que más deseas” y “ser la mejor versión de ti ahora”. Cada vez más se cree que nuestro propósito en la vida es alcanzar la felicidad que viene de mirar en uno mismo para “encontrar nuestro verdadero yo”, mientras perseguimos todo lo que brinda felicidad. Se da por entendido que si todo lo anterior sucede seremos ciudadanos buenos, moralmente equilibradas y felices. Esto implica que deberíamos estar ante la generación más feliz y equilibrada que haya existido, sin embargo, no sucede así. Basta con hacer una búsqueda por internet para notar que esta es una de las generaciones que más luchan con la ansiedad y depresión.

Una vida con esperanza eterna

Perseguir nuestra mejor vida aquí no puede ni debe ser el objetivo último del creyente. La Biblia nos presenta un cuadro mucho más trascendente, uno que apunta a lo eterno y no a lo terrenal: Dios nos creó para glorificarle y disfrutar de Él (y a Él) para siempre (Is. 43:7). Este mundo no es nuestro hogar permanente, ni el mío ni el de mis hijos. ¿Es aceptable desear que sean emocionalmente equilibrados, socialmente amables, y económicamente estables? ¡Claro que sí! Es bueno desear estas cosas para nuestros hijos, pero, ¿con qué fin? Si nosotros como padres vivimos para el éxito y comodidad terrenal, no criaremos a nuestros hijos en preparación para la vida eterna. Cada pequeña conversación, regaño, decisión y actividad que hacemos con nuestros hijos les comunica nuestra meta de vida. Ellos verán que con mi boca confieso que mi vista está en la eternidad, pero mis acciones mostrarán que estoy poniendo mis ojos en lo terrenal.

La visión cristiana debe dar esperanza más allá de esta vida temporal. Es común que nos preparemos para una vida en este mundo caído sin tener en cuenta el mundo que vendrá, donde no habrá más llanto, ni tristeza ni dolor. Dedicamos más tiempo tratando de mejorar nuestras presentes circunstancias y asegurar unas mejores en un futuro cercano, que poniendo lo ojos en Jesús en quien tenemos un futuro eterno. Cuando vivimos principalmente para el tiempo presente demostramos una mala teología de la resurrección y una carencia de esa esperanza robusta que debe caracterizar a los seguidores de Jesús.

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