Hechos 19:1-10
Autor: Lorena Amaya Gamboa
Cada domingo alrededor del mundo la gente se congrega para escuchar la palabra de Dios predicada, este es un gran privilegio y una gran responsabilidad. Pablo vino a los gentiles de Éfeso a predicar el evangelio con el poder del Espíritu Santo, inicialmente a los judíos pero no todos estuvieron dispuestos a escuchar.
Pablo dice en Romanos 10:17 “que la fe es por oír, y el oír por la palabra de Dios”. Notemos que se hace referencia a que la fe proviene del oír que ocurre a través de la palabra de Dios. Tenemos que oír para tener fe y esto por medio de la exposición de la Palabra, dejando que Su voz obre en el corazón. Pero, ¿qué es eso que debemos oír para tener fe? El mismo pasaje nos da la respuesta en el verso 14.”¿Cómo pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quién no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” Para creer en Cristo el hombre tiene que escuchar la voz de Cristo, así como las ovejas que oyen la voz de su pastor como se menciona en Juan 10:1-5, 16,27.
Así que no es cosa ligera lo que ocurre cada domingo en la Iglesia. Dios se hace presente en el culto de adoración y la voz de Su Hijo es escuchada cuando la Palabra en el sermón es fielmente expuesta; no recuerdo en qué momento de mi vida en la iglesia adquirí el hábito de permanecer durante todo el culto y más a la hora del sermón, luego se convirtió en una convicción así que, me llama la atención la gente que se levanta y sale, es como estar en una conversación y simplemente dejas a la persona hablando sola, en mi tiempo de crianza siempre procuré a mis hijos enseñarles lo mismo. Recuerdo leer la siguiente frase: “Aquellos que rechazan el evangelio no están rechazando al predicador que lo trae, sino al Hijo de Dios mismo”. Se que no siempre puedo tener una escucha activa por ello adquirí el hábito de tomar notas y subrayar mi biblia durante el sermón, esto me permite estar alerta y tener una comunicación activa con mi Señor.
Leemos en Lucas 10:16, “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió”.
El predicador tiene una gran responsabilidad, pero los que escuchan tienen otra cuando la Palabra es fielmente expuesta, atender a la predicación como si fuese la voz de Cristo. Leemos en el Salmo 95:7b, 8a, “Si oyereis hoy su voz, No endurezcas vuestro corazón”.
En Éfeso algunas personas tuvieron un corazón dispuesto a escuchar y ser discipuladas por Pablo al principio, aumentando en número durante los 2 años que permanecieron. ¡Qué el Señor prepare nuestros corazones para escuchar, atesorar y poner en práctica la Palabra que escuchamos!

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