Hechos 15:13-21
Autor: Luis García
En el capítulo 15 del libro de los Hechos encontramos un vívido relato del primer concilio eclesiástico que experimentó la Iglesia en sus primeros años de establecimiento. En este concilio se confirmó, bajo la dirección del Espíritu Santo, que la salvación de los gentiles como la de los judíos se recibe únicamente por medio de la fe en Cristo por la sola gracia de Dios (cf. 15:11). Esta confirmación apostólica trajo gran claridad, seguridad y gozo a los creyentes gentiles de aquellos días debido a que algunos estaban enseñando que “a menos que ustedes [i.e. los gentiles] se circunciden, conforme a la tradición de Moisés, no pueden ser salvos” (15:1). Pero ¿cómo es que los gentiles llegaron a ser parte del pueblo redimido?
Dios es fiel a sus promesas pactuales
La salvación por gracia de los gentiles no fue algo que comenzó en el vacío. Dios desde muy temprano en la historia de la redención había prometido que llegaría un día en donde no solo los descendientes de Abraham serían el pueblo de Dios, sino que también gente de toda nación formaría parte de ese pueblo.
El profeta Amós, quien es citado en Hechos 15:16-18, anunció de esto cuando escribió que “en aquel día levantaré la choza caída de David. Repararé sus grietas, restauraré sus ruinas y la reconstruiré tal como era en días pasados, 12 para que ellos posean el remanente de Edom y todas las naciones que llevan mi nombre, afirma el Señor, que hará estas cosas” (9:11-12). En otras palabras, Dios estaba anunciando que las naciones o gentiles también formarían parte de su pueblo, de esa manera, cumpliéndose aquella promesa que el Señor del pacto había hecho al patriarca Abraham de que por medio él, todas las familias de la tierra serían bendecidas (Gen.12:3).
Gary Smith, un respetado erudito del Antiguo Testamento, confirma esto al decir que “Amós no está anunciando la ruina de Edom sino una positiva promesa de bendición sobre Edom y sobre todas las naciones comprometidas con Yahweh. Ellos disfrutarán las bendiciones de este reino restaurado al igual que el remanente de Israel.”
Como podemos ver, Dios es fiel a sus promesas. Y por esa fidelidad y gracia divina ya no somos “extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Ef. 2:19-20).
Pero ser parte del pueblo de Dios también tiene importantes responsabilidades que debemos llevar a cabo en gratitud por todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. ¿Cuáles son estas nuevas responsabilidades que tenemos como hijos y pueblo de Dios? Lucas escribe: “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles a ustedes ninguna carga aparte de los siguientes requisitos: 29 abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual. Bien harán ustedes si evitan estas cosas” (15:28-29).
Vivamos entonces de esta manera para la gloria del Dios de nuestra salvación.

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