Hechos 19:11-20
Autor: Óscar González Castillo
El sentimiento y emoción que surgen de forma espontánea ante la percepción mínima de un peligro o daño se define como temor. Como seguramente ya sabes, se produce una de tres respuestas ante el peligro: huir, paralizar o enfrentar. La Biblia liga esta emoción a algo mucho más profundo: al corazón. Es decir, el temor viene del reconocimiento del poder de algo o alguien y produce una respuesta ante aquello que se reconoce como superior. Considera el evento que experimentó el pueblo de Israel en las faldas del monte Sinaí (Éxodo 19-20). Ellos fueron testigos del despliegue de la gloria poderosa de Dios y, reconociendo su vulnerabilidad ante ella, tuvieron temor y no se acercaron al monte.
Ahora bien, varias conclusiones pueden surgir de este tema, pero una de ellas llama la atención, a saber: aquello que reconocemos como superior o con poder, será lo que controle nuestra vida. La idea es simple, nos rendimos ante aquello que hemos reconocido como poderoso o glorioso, es decir, aquello que tememos. Esta idea es clara cuando Moisés le dice al pueblo: “No tengan miedo… Dios ha venido a ponerlos a prueba, para que sientan temor de Él y no pequen” (Éxodo 20:20). El poder desplegado por Dios debió causar un reconocimiento en el corazón de los israelitas que los condujera a rendir sus vidas a Él. Jesús sostiene la misma idea cuando envía a sus discípulos y les advierte de los peligros que encontrarán. Ante la posibilidad de responder al poder de sus enemigos, Jesús les dice: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.” (Mateo 10:28). Es decir, Jesús los anima a reconocer el poder de Dios y responder en obediencia a Él.
Lucas desarrolla la misma idea en Hechos 19. El poder de los exorcistas palideció ante el poder de Dios. Pero hay algo diferente esta vez, hay un mensaje y un nombre que no deben ignorarse. Pablo había estado predicando el evangelio durante varios meses en la ciudad. El mensaje de Jesús, quien siendo Dios vino al mundo a morir por el pecador, pero que resucitó con poder y ahora está a la derecha del Padre. Pablo sabía que este mensaje es lo único que puede liberar al hombre de todos sus temores y redirigir su corazón al verdadero y mejor temor: a Dios mismo.
No hay nada mejor que temer a un Dios de amor. Cuando le tememos por causa del evangelio, entonces le hemos reconocido como el Señor de nuestras vidas. Su temor será lo que controle nuestras decisiones, desde las más sencillas hasta las más difíciles. Su temor será lo que no fue para el pueblo de Israel, que huyó de Él en el desierto, sino que al considerar a Jesús y su muerte en la cruz, vendremos a Sus pies, glorificando Su nombre, confesando y dando cuentas de nuestros hechos y destruyendo todo aquello que ocupe Su lugar de privilegio. Temamos a este Dios de amor, quien envió a Jesús para Salvar a pecadores.

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